EL TIPO INVISIBLE, Emilio Fernández, Cuba/USA

Juan Gris era un hombre de mediana edad y de estatura mediana, pelo y ojos grises, de voz apagada y  que se movía deslizando su breve y escurridizo cuerpo entre el gentío que llenaba los moles. Conservador, moderado, era un hombre de centro, más bien del medio. Alguna vez estuvo casado, y ahora  disfrutaba de la libertad que le proporcionaba el divorcio.

Amaba la tranquilidad, la rutina, lo conocido, el trillo, a mitad de camino en todo, sin relieve, en el que nadie reparaba; un tipo que pasaba inadvertido. En las tertulias entre amigos, los demás imponían sus criterios, mientras él apenas se atrevía a asentir y a balbucear dos o tres palabras que nadie oía. Su voz se fundía en el murmullo de bajo perfil que caracteriza a la masa de oyentes. Nada, era como si nunca hubiera estado allí, como si fuera invisible.

Una noche, aburrido de su propia compañía,  concibió una idea: todo cambiaria,  todos hablarían de el y hasta los periódicos sacarían su foto en la primera página…sería célebre, nadie volvería a ignorarlo y hasta las mujeres se disputarían su atención.

¡Robaría un banco, delante de todos, sin máscara y completamente desarmado!. Con ese audaz y feliz pensamiento corcomilleándole el cerebro se durmió plácidamente.

A la mañana siguiente, luego de desayunar brevemente (estaba muy emocionado) tomó su viejo auto y se dirigió al banco donde  poseía su propia y flaca cuenta. Era un día gris como el mismo Juan lo cual abrió una leve herida parecida a una sonrisa en sus finos labios.  Cuando llegó al banco, saludó, como de costumbre, al fornido guardia de seguridad que andaba con la vista perdida tras una curvilínea rubia; Juan empujó las gruesas puertas de cristal y encaminó sus pasos al lobby,  saludando a todos a su paso con su voz desteñida; nadie contestó su saludo; hizo un giro  a la derecha y entró en el largo cubículo de los cajeros, se deslizó por detrás del primero de ellos, dio los buenos días, se inclinó ligeramente y comenzó a llenar sus bolsillos con gruesos fajos de billetes, mientras el empleado atendía cortésmente al cliente de turno. Con rapidez repitió la operación junto a cada cajero, hasta que los bolsillos del pantalón y los de la chaqueta estuvieron suficientemente llenos. Los cajeros  continuaban en su mecánica tarea de contar billetes ajenos sin reparar en Juan que ya se había escurrido del cubículo y se acercaba a la puerta de salida donde el atento guardia de seguridad , apenas reparó en un bulto que pasó por su lado sin llamar su atención porque no tenía curvas. En casa, agarró una pequeña maleta donde colocó el billetaje de alta denominación en apretado bulto y se dispuso a esperar los acontecimientos.

Al día siguiente la prensa local reportó sobre una investigación que se llevaba a cabo, por el desfalco de miles de dólares supuestamente cometido por varios cajeros de un banco de la ciudad. El estudio de los videos de vigilancia, mostraba una sombra difusa moviéndose alrededor de los cajeros  pero los expertos señalaron que esto  se debía probablemente a un mal funcionamiento del sistema de video. Nada de fotografías en primera plana ni acusaciones de otro tipo.

Semanas después, hundido en la  silla reclinable de un resort de lujo, Juan levantó un billete de alta denominación sobre su cabeza, para llamar la atención del camarero, quien acudió solícito al reclamo. Juan entreabrió la herida de sus labios y pensó que de ahora en adelante ya no sería tan fácil ignorarlo, había dejado de ser invisible.