Desnudos en “El Bosque” / Pepe Arias

Hace solo unas semanas me reencontré con Frank, un viejo amigo de los “buenos tiempos” que a veces y con un poco de ilusión, era posible rescatar entre los malos y hacer de ellos inolvidables paréntesis en la monotonía del agobio cotidiano.
Como vivimos muchas aventuras juntos, empezamos a recordar peripecias y tribulaciones y seguidamente sobrevinieron las consabidas preguntas: ¿te acuerdas de…?, ¿qué será de la vida de…?, ¿sabes que…se fue para España y por allá anda? Al final, más que preguntas, las aseveraciones sobre la muerte de uno o más carnales que siempre se sabe cierta.
Entonces volvimos a reírnos, aún con cierta malicia, de la historia de Pedro y Carmina; por cierto, ya sabíamos que Perucho, así le decíamos a Pedro, se fue algo temprano y que Carmina, hoy es su viuda.
Por el 68, después de la ofensiva revolucionaria que terminó con lo poco que quedaba en pie, se acabaron los timbiriches, se cerraron los night-clubs ―creo que Tropicana se salvó porque de alguna forma le previeron un destino como el que tuvo después: premiar a los “vanguardias” de la “emulación socialista” y, por supuesto, los extranjeros ―, se cerraron los moteles, las posadas; como eran conocidas con aquella inspiración erótica que en la jerga de los cubanos implicaba el término. Frank, más actualizado en su deslinde cronológico con la realidad del terruño, llamó mi atención sobre ciertos cambios habidos al respecto.
Hace algún tiempo, me contó, lo de referirse a una posada perdió la picardía y la adusta acepción genérica del término concluyó por hacerse justicia. Hay que poner a tono con el léxico, advirtió, el entendimiento de los turistas; ahora las posadas, antiguos templos de la fornicación, son “hostales” que se anuncian públicamente para que ellos entiendan y no se hagan “mala sangre”.
Para el año aquel en que Mefistófeles terminó de tragarse las llaves de la felicidad y dijo: “hágase mi voluntad” se puso de moda el “amor libre” Es probable que se infiltraran los primeros vientecillos de la revolución social que fue el hippismo atizado por la era de Viet Nan, los estudiantes de La Sorbona reprimidos violentamente en Francia y los que corrieron suerte, aún peor, en la Plaza de Las Tres Culturas en Tlatelolco. Los que optábamos por el riesgo de indagar, al elevado costo que ello representaba, nos enteramos también de Woodstock y hasta escuchamos la historia de Jimi Hendrix y su ecléctica interpretación del Star Spangler Banner entre flores y desaliñadas vestimentas de chicas sin brasier y cabelleras desgarbadas.
Aquello del “amor libre” tuvo, sin embargo, peculiaridades muy específicas en nuestra coyuntura y, como no había dónde acostarse, cualquier agreste y recóndito agujero se convertía en un buen sitio a fin de conjurar el deseo y el placer. A las hormonas revueltas no hay quien les ponga freno y en eso, todos parecíamos estar de acuerdo.
El Parque Almendares, en el linde entre El Vedado y Marianao se convirtió entonces en lugar socorrido y concitaba el choteo observar, desde el puente sobre el río que le da el nombre, el desfile de parejas engarzadas del talle en traslado continuo hacia la parte que llamaban “El Bosque” La otra, al otro lado del puente, era la de las pérgolas y los kioscos, llena de aceras serpenteantes y hasta un mini-campo de golf (“golfito”, en diminutivo) que no sé cómo supervivió teniendo en cuenta que el golf era un “juego de burgueses” y, en consecuencia, un “rezago del pasado” Definitivamente aquella área concebida para menores, no nos resultaba atractiva y consecuentemente, no nos interesaba.
Después de todo la libertad del amor, única posible, no vino nada mal y se confabuló bastante bien con el libre albedrío del instinto que no era dable controlar como todo lo demás. No costaba nada, no había que hacer colas para alquilar un cuarto y nos hacía sentir más a tono contra los modelos aupados por los dogmas del oficialismo y una manera de desentendernos de ellos.
Ese sábado en la noche Perucho y Carmina descendieron del ómnibus en la parada del cuchillo donde estaba la casa sobre una quilla de piedras ornamentales que se construyó allí José Manuel Alemán, político de la extinta república y ministro de educación en el segundo gobierno de Ramón Grau San Martín. Desandando calle abajo, se integraron en el grupo cuyos propósitos los identificaba; solían cargar bajo el brazo un rollo de lona o de plástico para estirarlo y tenderse encueros sobre la hierba, fría y húmeda, que, con los cuerpos enfebrecidos de antemano y los trajines del coito por venir, era incómodo y algo molesto.
Según nos contó Perucho se fueron bien abajo, casi pegado al río y cuando escogieron el pequeño claro de su imaginario tálamo, estiraron el plástico, se quitaron la ropa que descuidadamente colgaron sobre unos arbustos cercanos y comenzaron a disfrutar su placentero idilio. Al terminar, entre arrumacos y caricias, promesas a futuro y aún jadeantes, Carmina fue a buscar la ropa, pero se encontró con una desagradable sorpresa.
Para Perucho, sentado sobre el nylon, el grito de ella tuvo un efecto fulminante que lo disparó a su lado para protegerla. Entonces vio al tipo que oculto detrás del matorral, lo había observado todo. Era uno de los tantos “rascabuchadores” ―voyeristas ― que se dedicaban a seguir las parejas y esconderse para gozar, literalmente, del espectáculo de aquellas escenas bucólicas de pasión en desenfreno.
― ¿Quién carajo es usted?, ¿qué hace metido ahí?
La respuesta del tipo fue una sonrisa maliciosa y estridente que en la oscuridad le dejó ver, al asustado Perucho y a la Carmina que temblaba de pies a cabeza agazapada tras él, la blanca dentadura del individuo. Entonces Perucho recordó historias trágicas de las que había escuchado y mientras el hombre se alejaba para difuminarse entre el follaje, alcanzó a decirle:
― Piérdase, váyase a la mierda hijo de puta, rascabuchador, ya vio lo que quería.
A cierta distancia volvió a escuchar las carcajadas del tipo sin verlo. Era el atributo sonoro, “en off”, de una tragicomedia que no terminó con la insolencia del intruso, más bien estaba comenzando.
― Perucho, ¿y la ropa?, no está aquí, ¿la tienes tú?
― No, no. Búscala, debe haber caído a la hierba o estar enredada en los matojos.
Vanos fueron todos los intentos; la ropa no apareció, el bribón cargó con ella porque quizás intuyó que su talla era la de Perucho y la de Carmina, la de alguna pariente o conocida suya.
Por suerte para Perucho lo único ajeno a su expuesta anatomía era el reloj de pulsera que observó para darse cuenta que eran pasadas las tres de la madrugada.
― Ay Peru, y ahora qué hacemos, tengo mucho frío.
― Vámonos a la orilla de la carretera, allí nos escondemos detrás de cualquier árbol y esperamos que amanezca, luego veremos…
Perucho le cedió el nylon a Carmina para que se cubriera con él y se protegiera del impertinente y gélido vientecillo, otra cosa no podía porque era transparente y no le permitía ocultar su desnudez. Él Adán y ella Eva, en medio del paraíso ribereño a orillas del Almendares, protagonizando una versión nada ortodoxa de la historia bíblica; para colmo, sin manzana, aunque tampoco y para bien, ausente de serpiente. Los demonios en solaz, estarían bien protegidos y a resguardo de los contratiempos inverosímiles del “amor libre”.
Cuando los primeros rayos del sol en la mañana comenzaron a irrumpir entre los claros de los grandes laureles que amortiguaban su luz sobre el estrecho camino asfaltado al que llamaban, hiperbólicamente, carretera; muy pocos lo utilizaban, la mayoría, furgonetas cargadas de vituallas para la sede de una brigada soviética, de “bolos” (*), que al otro lado de la vía tenía allí su cuartel. El predio era zona militar y su entorno inmediato, el bosque. No había viviendas, ni vecinos.
― Escóndete Carmina, ahí viene un carro.
Era un Chevrolet del 57 muy bien conservado, rojo y blanco. Perucho, como efebo recién salido de las termas, saltó al borde y comenzó a mover sus brazos con el mismo ademán de los retranqueros de ferrocarril o los taxeadores de aeroplanos y el conductor, cuyo rostro se le hizo conocido de inmediato, se detuvo con un frenazo seco y sonoro que complementaba la imagen del pecado en el silencio matinal, apenas arrullado por el sonido de las hojas en los árboles al contacto de la brisa.
― Oiga, ¿qué hace ahí encuero en pelota? Está loco ¿o qué?, ¿qué le pasa?
Al escuchar la voz del hombre que conducía, Perucho ya no tuvo dudas y se atrevió a llamarlo por su nombre. Era un periodista y comentarista deportivo de los más populares por su forma de narrar los juegos de baseball en la radio.
― ¡Ah! ¿Sabes quién soy?
― Claro, quién no lo sabe. Mire lo que nos pasó…
― ¿Cómo que nos, a ti y a quién más?
― Bueno ―entonces a Perucho le empezó a temblar aún más la voz ― también a mi novia que está detrás del árbol, dijo. Ven Carmina, sal de ahí, el “compañero” nos va a resolver.
Los espléndidos atributos de Carmina, expuestos sin remedio tras la frugal transparencia del nylon; hicieron que al “compañero” comentarista, devenido en samaritano del camino, lo traicionara la mirada, pero los acomodó como atípicos e insólitos pasajeros del destape, sugiriéndoles que se agacharan entre el asiento y el piso del auto y poder evitar que una persona como él fuera observada trasladando un hombre y una mujer desnudos en su vehículo. Se dio vuelta desandando el trayecto y regresó a su casa para facilitarles unas vestimentas. Durante el recorrido, Perucho le contó el resto de la historia y a pesar de ser muy celoso no le molestaba tanto que, al mirar por el retrovisor, su interlocutor enfocara en Carmina la mirada a pesar de que era él quien hablaba.
― Cuando tengan tiempo pueden devolverme la ropa aquí, o llevármela al periódico (se refería al “Granma”), donde escribía sus crónicas deportivas y a donde se dirigía aquella mañana.
― No hay apuro. Espero que esto les sirva de experiencia.
Señor, argumentó Perucho, a quien lo de “compañero” debió parecerle deleznable en tales circunstancias; creo que la semana que viene nos casamos, aunque no tengamos donde vivir y vaya a mudarme con los suegros.
Así fue. Los padres de Carmina nunca supieron los verdaderos motivos de tan abrupta decisión, ni imaginaron la singularidad de su origen y si alguna otra sospecha se adueñó de ellos, quedó disipada por el talle de Carmina que permaneció inalterable durante los meses siguientes a la boda.
Recordando la historia entre risotadas engarzadas con cierta y alevosa promiscuidad; el humo de mí tabaco dispersándose en el aire elaboró la imagen cierta del destino de todos los recuerdos. Después, sólo otro sorbo de los “screwdrivers” para asegurarnos de que logramos sobrevivir.
― ¿No crees, Frank?

José A. Arias Frá

En: Cuentos y relatos de la Memoria Intrusa.

Nota. -Por elemental discreción he cambiado los nombres de los principales protagonistas de esta historia, que es real, y dejado de mencionar el del periodista, comentarista radial y televisivo que fue muy popular por aquel entonces.

(*) Bolos. -Apelativo por el cual, en razón de su apariencia desgarbada, designaban a los soviéticos en Cuba.