LA HABANA DE LA BAHÍA / Pepe Arias

Tenía para mí, un atractivo singular el hecho de acercarme a La Bahía. ¿Sería el reto a la imaginación de los infantes, que al observar muy cerca los “barcos grandes” los motiva en desazón y concita su asombro?

Pero después, con el paso del tiempo, aquella curiosidad no desapareció; creció y fue en mi empeño un acto de mayor conciencia y lucidez. Al menos, así lo sigo imaginando aunque me sea difícil explicármelo y pueda figurárseme como un acto de tozudez de la memoria.

Pensando en cosas importantes me basta recordar que en el Parque del Anfiteatro aprendí a montar bicicleta sin “rueditas”, en una alquilada en el “tren” (*) al que llamaban “Cuba 8”, jugué pelota con frondosos laureles usados como bases y después, vaya casualidad, mis labios nerviosos se encontraron, prima vez, con los de mujer –tan chiquilla y nerviosa como yo- en un lugar de los alrededores: El Parque de los Enamorados.

Me gustaba atravesar la Bahía en la lanchita de Casablanca. La primera vez, luego muchas; me llevó un tío que me prometió un paseo inolvidable. Atravesaríamos la bahía, me mostraría un pueblito que me atraía por curiosidad y del que luego me enamoré, veríamos la Bahía desde la altura del acantilado – visión portentosa con la gran Ciudad al fondo- y sobre rieles desafiando el precipicio. Era la confluencia de muchas emociones que interioricé con la respiración entrecortada y sin saber que tardaría tiempo en explicármelas.

Luego el tren, en realidad no lo era; solo algo a lo que le llamaban “el gascar”, un vagón tipo trolley, movido por electricidad y que hacía la ruta de Casablanca al Central Hershey. Siempre descendíamos en Guanabacoa, en la estación cerca “Del Roble”, la valla de gallos, la fábrica de cartón y el paradero de la Tres y la Cinco. Nunca, lo lamento, llegué hasta Hershey.

Tanto me gustaba aquel paseo que ya no quise ir a otros lugares y creo que hasta pude haber llegado a importunar al tío al pedirle que me complaciera repitiendo la experiencia.

Cuando dejé de hacer depender mi voluntad de la de otros, sobre todo de la del tío, que se hallaba viejo y enfermo; hice de mi peregrinaje a Casablanca un hábito. Empecé entonces a descubrir el misticismo que aquel pueblito escondía a la pueril mirada de un infante.

Casablanca dejó de ser por el 58, sólo la sede del Observatorio Nacional, del Dique Seco más grande del país y poblado de apenas diez mil habitantes que vinculaban su quehacer a la vida del mar y la Bahía.

De pronto, su destino ancestral cargado de leyendas y de historia, se proyectó nacional e internacionalmente. El 24 de diciembre de 1958, día de Nochebuena, se inauguró El Cristo de La Habana con todas las credenciales de un monumento trascendental e insigne; veinte metros de altura, urna de reliquias en su base, esculpido en Roma y bendecido por el Papa Pío XII y el arzobispo de La Habana, Cardenal José Manuel Arteaga, con apremio y al siguiente día, en medio de los festejos por la Natividad del Señor.

Sesenta y nueve piezas talladas en mármol blanco de Carrara por la escultora cubana Jilma Madera y ensambladas in situ mediante ardua tarea. Baste decir que en su momento, sólo el Cristo del Corcovado en Río de Janeiro, era mayor. Luego la historia se olvidó del Cristo y de sus correligionarios. Durante largos años las peregrinaciones y las visitas estuvieron interrumpidas: ¡El monumento quedó incluido en “zona militar”! y su deterioro se hizo patente. Se dejó crecer en sus alrededores la foresta para esconderlo de los pobladores y su mirada hueca, concebida para dar la impresión de que todo lo observaba, encegueció casi del todo.

Tres veces, en el 61, 62 y 86, descargas eléctricas dañaron la estructura a consecuencia de su ubicación y al hecho de que aquella mole de 320 toneladas fue engarzada mediante el uso de gruesas vigas de metal. Nunca se instalaron pararrayos hasta que se decidió encarar su restauración en los 90.

Al tiempo, el pintoresco poblado ultramarino me fue mostrando en visitas recurrentes –llegué a tener una novia en él- sus interioridades; demasiadas para un núcleo compuesto de tres calles y en el que todos sabían santo y seña sobre los demás. Allí despedí un año participando en una fiesta callejera y popular y quedé impresionado por el hecho de que los asistentes, más de un centenar, se llamaban entre sí por su nombre de pila y sus apellidos.

Recuerdo una ocasión en que a la salida del embarcadero había un grupo de parroquianos que danzaban y batían palmas en síncopas de clave coreando el estribillo de un son –¿Matamoros, Ñico Saquito?- que decía: “…apúrense para bañarse temprano, sí señor, la cáscara guarda el palo” Al acercarme descubrí que al centro del coro un personaje que parecía sacado de la mitología africana del Gabón o El Dahomey, era su principal inspirador. Se acompañaba con un batá en bandolera que rítmicamente y de manera inclemente golpeaba con sus manos y por los cueros de sus bocas, cabezas de siameses, generaba en torrentes el ritmo atrapado en su interior.

Aquel hombre se hacía llamar, y era así como lo conocían, el “Taíno Tatuado” Cabeza afeitada, varios pares de argollas colgadas de sus orejas y una de la nariz y toda su anatomía –cabeza incluida- que su escasa indumentaria dejaba al descubierto, llena de tatuajes. A primera impresión asustaba, luego; entre su danzar, los toques del tambor y la empatía de la gente, iba ganando para su bien la simpatía de los que como yo, lo descubríamos. Todo lo que necesitaba era un poco de aguardiente –el ron era caro para él- y que le dejaran caer unas monedas en la tapa de una lata de betún, era la medida de su libertad. Mientras, él se gozaba entregando a cambio un espectáculo que luego, al verlo muchas veces, llegó a parecerme parte de un ritual.

Nunca vi al Taíno fuera de Casablanca y quizás, entre personajes trascendentales de la gran urbe como El Caballero de París, Juan Charrasqueado, La Marquesa, La China –aquella que repetía insistentemente: “me quiero morir, pero con ella adentro”, Charlie, el negrito de los discursos (atormentados e incongruentes y el pecho cubierto de “medallas” confeccionadas con chapas y papel periódico) frente al Payret y la Acera del Louvre o El Hombre Rana, contorsionista descoyuntándose en la quilla del “cuchillo” de San Miguel y Neptuno, mero escenario de La Engañadora y protagonista del chá-chá-chá de Jorrín; el Taíno Tatuado hubiera sido un arquetipo de alto vuelo.

En Casablanca descubrí algo que sólo he visto allí y de seguro no veré en otro lugar: una nave de latón situada a la salida y a la derecha del embarcadero que al interior de su desvencijada construcción era una sala de billar. Había mesas para jugar “Viuda”, muy gustada por asturianos y gallegos, también para “Chicago” (del cinco al quince) o “piña” (cue-ball); era más barato jugar allí que en cualquier otro billar: ¡las mesas carecían de paño y bandas de goma que hicieran rebotar las bolas! A “medio” (un nickel) por partida, era una oferta inverosímil pero tentadora. Minnesota Fat -rey del taco- se hubiera horrorizado.

En el ambiente del puerto, tan bien recreado por Sabá Cabrera y Orlando Jiménez Leal, en el corto cinematográfico P.M.; se fumaba mucha mariguana, se bebía mucho alcohol y se bailaba al sonsonete en el preludio para dar rienda suelta a los placeres del cuerpo y al agasajo de la carne. Casablanca, al otro lado de La Bahía, también tenía todo eso, pero con una peculiaridad… Nunca vi crecer “la campana”, enredadera de pistilos que se descuelgan como tal y le dan nombre, coronándose en una flor color de hueso y borde violáceo, con tal profusión. Allí se daba, aún entre las piedras

La campana era como mariguana sin tarifa y exenta del clandestinaje. Natural y expuesta por doquier para el delirio y el disfrute de los iniciados, impenitentes consumidores de alucinógenos. Bastaba con secar la flor, picotearla y envolverla, la mayoría de las veces, en hojas de revistas aunque un grupo algo más selecto prefería el uso del “papel biblia” que “quemaba más parejo” Dicen que la campana es venenosa, pero quienes la consumían no parecían estar al tanto, es probable que entre ellos nadie muriera o que el aguardiente minimizara los efectos del veneno y potenciara el desvarío.

El tiempo y las circunstancias me alejaron de aquel lugar. Cuando salí, había dejado que Casablanca se convirtiera en parte de mis recuerdos. Yo la conocí como la he descrito y prefiero conservarla en mi memoria de esa manera. La visión alienante de ropajes aptos para turistas la habrá despojado de sus personajes, eliminado las campanas y escondidas, las piedras; sólo serán lápidas del cementerio, abochornadas y cubiertas de musgo.

O, ¿fué oráculo el poeta?, al expresar:

“Al pie de las murallas/el aire tartamudo/desliza sus sirenas/plata mansa sin hoy/mana sus lunares/ entre lunas cansadas, /sin balcones…” (**)

Notas.-
(*).-“Tren de bicicletas” le llamaban en Cuba a los lugares donde se reparaban y se alquilaban los ciclos.

(**).-Versos de la primera estrofa del poema “Bahía de La Habana” de José Lezama Lima.

José A. Arias Frá.

En: Cuentos de la Memoria Intrusa