LA ERA QUE PARIÓ UN CORAZÓN ENFERMO / Pepe Arias

El trovador, impenitente juglar de la cantada, tañía con fuerza las cuerdas de su guitarra porque estaba convencido que era un arma para enfrentar fusiles a fusiles –al menos, eso hizo creer a los demás. La lírica de su poesía, discursiva y atormentada, pretenciosamente antológica y paradigmática, engendró en la era para hacerla parir un corazón; un corazón congénitamente enfermo de odio, frustración y desidia que entre los males, ya crónicos e irreversibles que le aquejan, late lacerado por la arritmia y la descompensación a su avanzada edad.

La historia que ahora cuento, tiene más de relato y las vivencias personales sólo bordean la ficción mínimamente con el propósito de corroborarla. A veces en la distorsionada visión de quienes la desconocen, la Historia termina convertida en cuento, aunque éste no sea el caso.

Tras la madrugada del 1 de enero de 1959 en que Batista –presidente de facto-abandonó Cuba, las expectativas de los cubanos se mantuvieron “in crescendo” durante muchos meses. Para ellos, no era desconocido lo que un procedimiento basado en el radicalismo revolucionario podía generar; la experiencia de los años 30 tenía a muchos de sus actores activos y como participantes reeditados en la asonada rebelde. Había, sin embargo, una diferencia: a excepción de pequeñas revueltas de principios de siglo que motivaron a algunos generales de las guerras del XIX a retornar al monte en compañía de simpatizantes seguidores, ahora se había producido la “guerra revolucionaria” cuyos intérpretes y ejecutantes parecían investidos de autoridad, hasta el momento, desconocida.

Los “rebeldes” eran como semidioses que junto a los rosarios y los resguardos que colgaban de sus cuellos, sus cabelleras largas y sus barbas, impactaban la visión del común como en una película: cinematográficamente. Las fotografías de los comandantes guerrilleros a los que la prensa se había encargado de presentar con santo y seña, entraron en los hogares emulando en proyección a las familiares y al Corazón de Jesús en su flamígera versión, común a muchos que no habían rebasado, si quiera, las puertas de una iglesia.

Puedo precisar que lo que voy a contar sucedió antes del 8 de enero, día en que Fidel Castro entró en La Habana. Estaban en la capital Camilo Cienfuegos y el “Ché” Guevara; ambos habían arribado desde el centro de la Isla tras haber hecho campaña en Yaguajay y Santa Clara respectivamente. Camilo, estableció su comandancia en Columbia, principal instalación militar del país y sede del Estado Mayor del Ejército, Guevara lo hizo en La Cabaña, antigua fortaleza del siglo XVII a la entrada de la bahía. Tan atractivo e inverosímil era todo, que sólo quienes temían, evitaban exponer un perfil comprometedor; los demás, pretendían ser actores a toda costa.

Muchos se disfrazaron de rebelde y colgaron de sus brazos los brazaletes que identificaban a las organizaciones revolucionarias: el rojinegro del 26 de Julio, el del Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el del Segundo Frente Nacional del Escambray. No pocos que poseían armas, desde un viejo revólver hasta una escopeta de caza, al cinto o en bandolera, dieron rienda suelta a sus pasiones y tomaron la justicia en sus manos. Los vagidos del nacimiento de la nueva era olían a pólvora y habrían de escribirse con sangre y el vacío de poder fue llenado de forma aleatoria y elemental. Entonces la venganza, personal o colectiva, se puso el ropaje de la equidad justiciera que ni siquiera en los llamados “tribunales revolucionarios” encontró justificación, más bien una especie de eco.

La Habana, centro de importantes industrias, instituciones comerciales y entidades cívicas y religiosas, se llenó de cartelones y en enormes telas se exhibían consignas y agradecimientos; en una de las más comunes podía leerse: ¡Gracias, Fidel! La primera que recuerdo haber visto, estaba en la azotea de uno de los tres edificios del Colegio Baldor, sobre la Avenida de los Presidentes, en la barriada del Vedado y donde a la sazón estudiaba. Aurelio Baldor, el respetado y conocido pedagogo y matemático, su hermano José Antonio y una buena parte de los que formaban el claustro, se declararon simpatizantes de Fidel y su revolución.

No era raro ni reprobable; algunos maestros estaban vinculados al movimiento revolucionario antes del triunfo como en el caso del mío en quinto grado, César Gómez García, hermano de uno de los asaltantes muertos en el ataque al Moncada: Raúl Gómez García, o el de Julio Gutiérrez Alea, hermano de Tomás – el famoso “Titón”- director de cine, fundador del ICAIC y creador de cintas trascendentes a posteriori, durante la época dorada de esa entidad. Estuvieran al tanto o no de la situación, Baldor y su familia contribuyeron a incubar en sus predios el clandestino afán revolucionario que se fue entronizando poco a poco en importantes sectores de la sociedad nacional.

Por aquellos días se cancelaron las clases, todo el tiempo no bastaba para ocuparlo en las que se dieron en llamar “actividades en apoyo al proceso revolucionario” La prensa plana, radial y televisiva, velas al pairo, desató un mayúsculo barraje para satisfacer la morbosa curiosidad de la población. Hay que conocer la idiosincrasia del cubano para comprender por qué se escribieron tantas leyendas en torno a personajes y hechos que se refrendaban en las páginas de los principales diarios y revistas. Bohemia –la publicación semanal de mayor tirada- hizo circular ediciones especiales y en la dedicada al triunfo de los revolucionarios, potenció las circunstancias situando en su portada la imagen del joven Fidel que, a sus 33 años, la misma edad de Cristo al ser crucificado; había descendido de las montañas para servir de redentor a la nación cubana. Mediante aquel patético andamiaje propagandístico, la imagen se introdujo en el trasunto mental de muchos que se fanatizaban a la sombra del aval y el efecto tragicómico de su ofrecimiento. Tal era el propósito, que en un hecho sin precedentes, la edición del ejemplar fue distribuida gratuitamente.

Esa mañana llegamos al colegio en los ómnibus que conformaban la flotilla de la institución, el mío era el 15 y su conductor un cubanazo en los cuarenta con fino bigote a lo Jorge Negrete y una gruesa cadena de oro al cuello de la que pendía una imagen de la Caridad del Cobre, su nombre era Néstor. Junto a la gran verja en la entrada principal, nos esperaba el doctor Rebollar, subdirector general, acompañado de algunos miembros importantes del claustro. Rebollar, un tipo alto, de hablar pausado, cabellera como Valentino y que siempre vestía trajes de dril y usaba los característicos zapatos a dos tonos de las marcas Ingelmo o Amadeo; megáfono en mano, dirigía la movilización mientras nosotros dábamos rienda suelta a un infantil desenfreno provocado por un día más sin clases e intuyendo que en esta ocasión se trataba de algo diferente, algo más que una actividad extracurricular limitada al interior del patio colegial.

Así era y cuando los ómnibus estaban listos para partir, el Cadillac ocupado por la directiva de la institución se puso al frente de la caravana desplazándose por Línea, íbamos a Columbia rebautizada con el nombre de Ciudad Libertad. Durante el recorrido se unían otras hileras de camiones y vehículos que los de a pié saludaban desde las congestionadas aceras, los portales, los balcones y las azoteas y las banderas cubanas y del 26 de Julio, enarboladas en paridad, contribuían a convertir el día en asueto que paralizaba a la nación. Se añadía a todo, el hecho de haberse declarado una huelga general para “impedir el escamoteo del poder” y según había expresado Fidel Castro al convocarla. El entusiasmo parecía no tener límite y en medio de la confusión, todo era como un carnaval en adelanto cuya celebración debía ocurrir, cada año, en febrero.

Entramos a Columbia por la vía de acceso que tuerce frente al Hospital Militar y era visible el ajetreo de los “Wyllis” que aún exhibían en sus portezuelas los emblemas triangulares del Ejército Constitucional, ocupados ahora por los barbudos, que en franco desafío a la prudencia se colgaban de los herrajes de las toldetas alzadas. No era lo mismo una fotografía entre verdes y sepias que la policromía irreverente de los uniformes raídos, sudorosos y desgastados, combinados entre tonos verde oliva y caqui del ejército en campaña; mientras, la menoscabada uniformidad característica de los que forman parte de una institución castrense, también se convertía en atributo del pasado que debía ser borrado; cuanto antes, mejor.

Aquellos hombres no establecían diferencia entre un casco blindado, un tocado de vaquero o una boina. Brazaletes, collares, rosarios y pesados zambranes cargados de cartucheras y magazines de los cuales pendían peligrosamente granadas de mano del tipo piña, completaban su indumentaria. Algunos calzaban polainas arrebatadas a los integrantes del defenestrado ejército, otros, botas vaqueras de estilo tejano, comunes sobre todo, entre los oficiales. Algo relevante era la ostentación de los grados; la estrella de los comandantes era la más perseguida por los curiosos concurrentes: Fidel, Camilo, Guevara, Raúl y aun en ese entonces Hubert Matos eran los más conocidos pero ya, los menos visibles, otros constituían un enigma de identidad para la población, que de pasada los había observado como parte de una composición fotográfica sin poder identificarlos.

Al descender de los ómnibus nos condujeron a la sombra de unos grandes laureles situados alrededor de un polígono en medio del cual se levantaba un escenario-tribuna rodeado de altavoces. La masividad nos hacia transpirar a pesar de enero, el día era despejado y el sol resplandecía castigándonos en la espera; fue entonces que desde el fondo de la multitud se escuchó un ajetreo; rodeado por un grupo de barbudos rifle en mano apuntando al celaje, venía Camilo Cienfuegos cubierta la testa con el sombrero de ala ancha y la estrella de comandante, suelta y enredada la melena que aún no se había cortado. Parecía un hombre joven a pesar de la larga cabellera y la barba descuidada, estaba ataviado con una chamarra desgastada y sudorosa, completamente abierta, dejando ver la colt 45 que pendía del cinturón. Tan próximo estuvo, que pude escuchar su voz respondiendo a los saludos de la multitud, afanada por entrar en su contacto con la misma devoción con que suelen hacerlo los fieles cuando el Obispo de Roma se acerca a su grey.

Camilo tomó el podio por asalto entre vivas e inevitables conjuros al antiguo régimen. Una banda de músicos de apariencia muy discordante en aras de su sobria uniformidad –era la Banda del Estado Mayor del Ejército- puesto que se ataviaba con los trajes azules con librea de botonadura dorada y gorra de plato; comenzó a tocar el Himno Nacional (algunos meses después agregaron a su repertorio el del 26 de Julio) que coreado por los concurrentes, hizo correr las lágrimas entre algunos de los presentes. A mi edad –acababa de cumplir los 11- no comprendía porque lloraban en medio de lo que para mí, era una fiesta. Las emociones suelen tener una interpretación sui generis entre infantes y adolescentes, años después pude entender mejor y empecé a lamentarlo en consecuencia de razones muy diferentes.

Desde el podio, el comandante guerrillero parecía inseguro, golpeaba el micrófono provocando un agudo y molesto sonido al generar “feed back” y cuando comenzó a hilvanar su improvisado discurso, hasta los niños podíamos percatarnos de que sus dotes oratorias eran inexistentes y que lo más seguro era que se dirigía, por vez primera, a una multitud. Pero ante la arenga, más cuartelaría que civilista, aquella multitud producía la misma respuesta efusiva y estridente de quien oye sin escuchar. Su discurso tuvo un mono tema que enfatizaba la conversión de los cuarteles en escuelas y, en especie de inconexa bifurcación, la reiteración de “garantizar la justicia revolucionaria para aplicarla a los oligarcas y traidores así como a los burgueses explotadores que habían abusado de la nobleza del pueblo” Era necesario vengar los “veinte mil” muertos que potenciados en la imaginación del líder máximo, servían para tratar de justificar el asesinato en los paredones de fusilamiento.

Ese día regresé del colegio y le conté a mi hermana y a mi madre que había visto a Camilo. Mi hermana quiso que se lo describiera todo con detalle; días después, jugaba a convertirme en un rebelde colgando de mi indumentaria todo lo que pudiera parecer un arma. Cuando mi padre vino a verme, mi madre le narró mi experiencia y él hizo silencio; recordé entonces una conversación que había tenido con ella antes del triunfo revolucionario: “Petra, dijo, esta gente son unos hijos de puta que no quieren trabajar, ahí están metidos los comunistas que los están utilizando para arrimar la sardina al bracero…éste, el de la boinita y el tabaco –señalaba al Ché Guevara- no es más que un agente internacional del comunismo que está metido entre ellos” Tenía sobre las piernas una edición de Bohemia, abierta en las páginas que reproducían una entrevista a Guevara en las lomas del Escambray. Mi padre tenía entonces 67 años y, a pesar de ser extranjero, haciendo uso de una elemental óptica política, fue capaz de atisbar el trágico futuro del país que lo acogió y que aprendió a querer, quizás y por todo lo que le dio, más que al suyo; ese mismo en que la era parió al corazón enfermo.

José A. Arias.

En: Cuentos de la Memoria Intrusa.